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El Apareamiento (Relato de terror lovecraftiano)

 No existe método alguno; ni por la ciencia; ni por la mera razón; ni siquiera por ninguna de los credos existentes en todo lo largo y ancho del mundo; que, apoyándose en dogmas puedan explicar ciertos fenómenos que exceden la lógica y el pensamiento de toda creatura, y tampoco lo acontecido a mi persona, y lo que yo vi en aquella desoladora y gélida noche de aquel desdichado octubre.

En ese entonces, un servidor vivía en la mansión Porgerlart, situada en la ensoñadora Nueva Inglaterra.
Pasaba las horas muertas analizando y estudiando Patrística e Historia de la Teología, a solas, y por mi propia cuenta; conducido por la sed de conocimiento del Dios al que tanto amaba.
Solo tenía la lejana, pero loable compañía de la "Summa Teologiae" de Santo Tomás de Aquino, y las "Confesiones" de San Agustín de Hipona, además de algunas encíclicas pre-conciliares, entre otros escritos, que repasaba continuamente en mi día a día durante largas horas.
Esta apertura a la razón, y a la filosofía, me hizo abandonar mis pensamientos apegados al fideísmo, que se anclaban en la ahora remota y humilde, aunque pobre, educación que me enseñaron mis padres en la senda de las iglesias pentecostales.
Permitidme esta digresión, y también lo perceptible de lo que mis sentidos captaron.
Deseo exponer que la demonología y la escatología siempre han meditado sobre realidades espirituales, pero todavía cabe la duda acerca de la encriptada forma en la que Dios creó a los seres humanos, que unos toman- la del Génesis- por literal, y al pie de la letra; y otros por cierta metáfora con conmixtión de elementos totalmente verídicos, preguntándose cuantos seres fueron creados en todo el vasto Universo. ¿Hay que dar por hecho que somos únicos en el cosmos? ¿coexisten otros seres a los que se les ha insuflado espíritu, o son tan solo demonios que, disfrazándose de seres de luz, engañan al hombre haciéndose valer de la argucia de la mencionada metamorfosis?
No he hallado aún la respuesta a este interrogante, pero el encuentro con una criatura particularmente extraña suscitó en mí ese obsesivo y enfermizo interés por los misterios del espacio, y si es una prisión de aire la tierra que habitamos sin sospechar nada, y estando ya tan conformemente asentados, no suscita en nosotros mera dubitación. Y así, esto encajaría con la alegoría de la caverna del reputado y tan bien estudiado Platón,  de quien bebe la sociedad moderna en su conjunto.

Corría el año 2014, y me había mudado a un pueblo de Nueva Inglaterra llamado Lorkshire. Era pacífico, y habitado por gente sencilla, pero con y sin ánimo de ofender, un poco rudimentaria y arcaica, como más adelante relataré. No les agradaban los foráneos, por lo que mi entrada no impactó, en un principio, en ellos, y pasó más bien desapercibida, hasta cierto tiempo postrero, que en el transcurso de este relato, contaré con sumo detalle.

La suntuosa finca se emplazaba en Hudson Highlands, específicamente en el área campestre y débilmente colonizada del Estado de Nueva York, a menos de un kilómetro del lago Popolopen, en el condado de Orange; de hecho la aldea de Lorkshire se alcanzaba tras franquear el célebre puente homónimo. Sentía quietud al ver aquella naturaleza, aquella mixtura entre una especie de taiga y frondoso y exuberante bosque aguazoso típico del este de América. La flora estaba densamente compuesta de esqueléticos abedules que en gran porcentaje, tendían al "horror vacui" entre su escaleta; helechos cuya configuración había trascendido a los nuevos tiempos; y sauces que envidiaban las apolíneas formas de sus contrapartes europeas.

Las primeros jornadas integraron las más deleitosas, pese a que vine en la canícula y el mercurio se disparaba con la húmeda Corriente del Golfo que se derramaba desde la costa caribeña de México. Personalmente, me encantaba dar vueltas por el Popolopen Creek; respirando aire fresco, y contemplando las piscinas naturales y gargantas que los estudiosos denominaban "hell hole". El origen de estos se reservaba a la intrusión de granito cristalino, el cual formaba aquella reducida obra de la naturaleza, aunque no por ello carente de un exótico atractivo.

Con la herencia de mi familia, en concreto de mi difunto padrastro, pude alquilar aquella vieja mansión de la época victoriana en los límites del municipio; en la que me sentía como en casa, como aquel hogar que dejé tras determinados problemas con mi familia que ahora no vienen al caso. 

El anciano que me la arrendó suscitaba un aire de repugnancia, con un habla muy pedante. Es más, ni siquiera pude verle el rostro, pues sus ojos estaban vedados por un accesorio similar a unos anteojos negros, y su boca y mandíbula habían sido velados por un lienzo negro. No obstante, no podía quejarme, porque me la dejó a muy buen precio, y no fue necesario regatearle.
Firmé el "lease" con mi arrendador por escrito. El importe del alquiler mensual era muy asequible: alrededor de unos cuatrocientos dólares por mes; y como era un solo inquilino, los "utilities" no agregaban demasiado al "gross rent".
Acordemos una duración de un año (con la cláusula de una renovación automática cada mes, como es habitual), en razón de que detrás de ese periodo tenía planificado regresar a España y continuar concurriendo a la Universidad, por lo que alquilaría un piso para estudiantes; pero mientras, deseaba permanecer en un encierro radical para ser avezado en reflexionar bonancible en mi estudio.
También le aboné la fianza en una cuenta separada de ahorro mediante cheque; que en las leyes americanas, el arrendador está obligado a devolver con intereses, e inclusive, puede aprovechar para pagar los desperfectos que uno pueda generar. Finalmente hice el inventario ya que la casona estaba amueblada con anterioridad. 
He de relatar un suceso que me ocurrió en la sala donde firmé el contrato, pues más tarde será de interés; y es que el hedor ahí era insoportable, y nunca antes había olido algo de tal putridez. El estilógrafo con el que firmó tenía una pequeña cinta roja, y más tarde desvelaré el porqué de esta observación; que aunque pueda aparentar ser insignificante, es clave en esta, mi narración.

Unas palabras suyas, cuando fui a buscar las llaves en frente del hogar, me congelaron la sangre: mis pelos se me habían puesto como escarpias; y la piel, de gallina:
-Te voy a dar una llave, jovencito- me advirtió con voz ronca-, sirve para acceder al sótano. Si oyes algo corretear, entra, si no, será mejor que no deambules por la zona.
-Señor Winston, está hablando de las ratas, ¿no?- le pregunté con voz temblorosa.
Por su expresión burlona y sarcástica, pudo deducir que yo estaba desconcertado, y él, esbozando una sonrisa malévola en demasía, dijo:
-Quizás las ratas no sean ellos, sino uno que yo conozco como la palma de mi mano-, respondió inclinando la cabeza hacía mí, eludiendo, sin ningún decoro, el requerimiento de mi espacio personal.
En tales circunstancias, una cascada de gotas frías de sudor recorrió mi frente, empapando todo mi trémulo cuerpo. El hombrecillo mantuvo su mirada en mí, impasible y apático.
"Es una broma, chico, no te asustes". Acto seguido, profirió una estruendosa carcajada.
Suspiré en un fingido alivio, mientras dejaba al inusitado y extraño tipejo, sosteniendo las llaves de la finca en mis entonces temblorosas manos.

Entré. La entrada de la casa conducían a un vestíbulo, en cuya esquina derecha se situaba un par de escaleras, por la primera se alzaba piso superior; y por la segunda, casi anexa a la pared derecha del frontis se descendía al recóndito sótano, cuya estancia se asentaba ya debajo del soportal la fachada. El salón era espacioso y vasto, hermoseado a su manera con un empapelado liminal y amarillento, gastado por el paso de los años; al contrario que el mobiliario de nogal, el cual estaba tapizado en terciopelo y con respaldo curvado hacia fuera y globiforme de barniz de aceite, dándole un toque de incomparable viveza y contraste. Por algo, comentan las gentes que los polos opuestos se atraen. En frente, acondicionaba la cámara una chimenea revestida con un un empedrado de mármol en la campana y el tiro. El sombrerete apenas sobresalía respecto a la limahoya del tejado, levantado este último con una simple pero escarpada cubierta a dos aguas convencional, aunque la embellecían el ornato de ventanas salientes, aguilones, y dentículos. Sobre el faldón se podía subir a una torrecilla.

La casona pecaba de estar repleta de estadas, la mayoría las cuales eran dormitorios con ostentosas camas de palo de rosa con dosel, con postes cabeceros y de pie labrados ricamente con volutas y encajes de velour, y secundado con colchón y edredón capitoné. Todas las puertas estaban adinteladas y vidriadas, con travesaños y paneles de marrón peanut; excepto la de entrada, que disfrutaba de matices más oscuros, sin cristal, y con un frontón curvo.

Era en definitiva, la casa de fantasmas con la que hubiera soñado un necromante. 

Luego de inspeccionar el inmueble de cabo a rabo, agotado del viaje; me recosté en el canapé de la sala de estar, decidido a descansar del agotador viaje por carretera.
No tenía la más mínima intención de dormirme a plena luz del día; por mucho que me revolviese las entrañas el solo hecho de dormitar inquieto por la noche, y que algún extraño fenómeno visitase mi lecho; pero bastante menos me agradaba la idea de quedarme despierto hasta la aurora del amanecer, por si sucediese una escalada de ruidos desde las oquedades del sótano, y me mantuviesen en vela hasta que el sol expeliese sus primeros rayos.
Aún considerando estas dos posibilidades, me quedé profundamente dormido, y lo que viví me produjo aversión, y taquicardia hasta el día de hoy,  en el cual estoy escribiendo este delirio de los alienados y selváticos rincones más insondables de mi mente.

El sueño era lúcido, y muy vívido: una pesadilla que haría gemir de congoja al mismísimo Pandemonium, si los demonios pudieran tan solo pegar ojo, y reposar de los terribles dolores de su naturaleza caída.
Un ser alienígena, con el aspecto de un pulpo, de proporciones ligeramente superiores a un hombre, se acercaba a mí en la oscuridad, arrastrándose sobre sus múltiples y pegajosas patas, y exudando un rastro de limo verde nauseabundo. Con sus tentáculos trazaba surcos en torno a mí, como si se tratase de una antesala a un señero cortejo, similar al galanteo de una bestia. Me levanté con un estridente chillido. Miré en todas direcciones: estaba solo en la casa, no había nadie. Me vi indefenso y tiritando de miedo.

Pude observar que la ventana del salón estaba abierta. A través de ella, vi a la Luna en su zenit, iluminando la crepuscular noche. La bóveda celeste era bordeada por una hilera de colmillos de árboles, únicamente seccionados por el claro en el que se emplazada la mansión. Todo simulaba una efímera normalidad. Seguía en el Planeta Tierra, y no en un vacío espacial, sitiado por un voluminoso engendro.

No dormí en lo que quedaba de noche. Me levanté, con los ojos casi aún pegados a los párpados por el insomnio, y me serví un refrescante café con leche. Eché un pequeño vistazo, con disimulo (puesto que aunque, en ese momento, no había nadie en la morada, sentía como si me estuvieran examinando y analizando, ambicionando que cometiese algún desliz, y en un santiamén, saldrían, Dios sabe que criaturas, de sus húmedos y umbrosos escondites), a la entrada tras la cual se descendía, en una interminable escalinata, al desván, cuna de mis matarifes más mefistofélicos. "Abandonad toda esperanza, quienes aquí entráis".
A hurtadillas, me aproximé a ella, y puse la oreja para ver si era capaz de sonsacar algún sonido al otro costado, pero el pueril intento resultó infructuoso. Silencio. Absoluto silencio. Sospechoso silencio. Se adueñó de mi persona la tentación de girar la manilla para, como un niño tras una mudanza, esclarecer que se ocultaba acullá; mas, temblando y con un agrio tragar de saliva, me rehusé a obrar ese craso error, que sin lugar a dudas podría haberme condenado a la locura, e ipso facto, a una súbita insania.

La aurora vespertina ya refulgía en toda aquel ala de la casa, y gradualmente, el lucero fue ascendiendo, pudiéndose admirar el espectáculo desde las ventanas orientadas hacia el aguanoso bosque. Cuando culminaba ya en su apogeo, fui capaz de distinguir, en las olas de una mezcolanza de conmoción y sorpresa, que un líquido espeso pendía hasta las bisagras y los pernios de la puerta, y su rastro iniciaba en el "hall".
Era de una complexión mucilaginosa, y de un matiz turquesa claro. Y aunque estaba diseminado por gran parte de la morada, por lo que ocupaba un tamaño considerable, estaba formado por un sinnúmero de trazados: pequeñas secreciones que daban la impresión de no haber sido transpirado de una única sentada, sino que; o bien, la abominación que la había expelido tenía infinidad de patas; o había transitado por la vivienda incansablemente y siempre haciendo el mismo itinerario.
De sopetón, sentí el repiquetear de un goteo sobre mi cabeza. Contemplé, temblando de puro espanto, la misma bilis que había visto por todo el suelo de la casa, nada más que esta vez... Esta vez destilaba del techo.
¿Qué clase de fiera repugnante de ese calibre podría caminar cabeza abajo, del revés?

Pasmado del susto, y sacudido en los recovecos de mi mente, me resolví a no habitar más aquella mansión, que jamás de los jamases podría llamar hogar. Había llegado el momento de anular el contrato con el señor Winston, el mismo impresentable que me dio escalofríos, y mal presentimiento al hablar con él por primera vez.
Había sido lo debidamente presuntuoso con esos visajes, pero con infortunio para mí, no lo suficiente precavido. Lo que más me escamaba, y me condujo a concluir que no había andado con cautela, era que el fulano no me había proporcionado ningún teléfono, ni siquiera un domicilio donde poder comunicar cualquier contrariedad. 
Di por sentado que quizás no fuera una eventualidad  el no querer preservar la casa; o siendo derrotista, me susurraban los paranoicos monstruos de mi subconsciente, que el señor Winston había entretejido una trampa mortal para el primer ingenuo que se atreviese a trasnochar en Lorkshire. Y ese era un servidor, su huésped.

Conjeturé que el mejor procedimiento para poder localizarlo era pasar por el diminuto pueblo, y preguntar a los aldeanos por él. Cuando lo hubiese ubicado, renunciaría a la mansión Porgerlart para siempre.
Apenas salí a los espaciosos jardines que circundaban la mansión, encaminándome por el sendero flanqueado de robles y cipreses, al anochecer; cuando me pareció elucidar, por el rabillo del ojo, una misteriosa figura verde chillón, pero volví a parpadear, y ya no estaba. Quise creer que era una simple engañifa, inclinándome más a pensar que solo eran alucinaciones mías por la falta de sueño, de modo que no le di más importancia que la pensé que requería el asunto. Por mucho que cualquiera creyese en la religión católica, se seguía temiendo al óbito, porque, a fin de cuentas, la Biblia lo consideraba un adversario, el último en ser batido y aniquilado.
Continué caminando, sumergido en mis propias cavilaciones, bajo el purpúreo cielo en el cual se atisbaba, como un paladín, el advenimiento del crepúsculo.

Unas cuantas farolas tintineaban, formando la regia hilera de ellas que conducía al municipio de Lorkshire. Estas, mezcladas con la onírica tonalidad del firmamento, figuraban ser el comienzo de una largo y profundo terror nocturno del cual sería inviable despertar.
Dio la campanada y la sorpresa fue lo más desabrida posible: al llegar a las calles de la población encontré esta desierta.
Nadie había ido a darme la bienvenida cuando arribé, eso era verdad, pero tampoco yo mismo me había pasado a saludarles. Solía y suelo tener, aún a día de hoy, en el que siento cercano mi desfallecer, un carácter huraño e introvertido. Pero lo más insólito no era eso, sino que las farolas más adyacentes a la ciudad no estaban alumbradas, y los focos y lámparas que era de presumir emanaban luz en el interior de las viviendas, tampoco. 
Ni un alma corría por las amplias calles de la ciudad, ni un rumor. El poblado estaba muerto, muerto, y bien enterrado, como si un viento se los hubiera llevado a una nación de la lontananza del orbe, sin posibilidad de retorno.

Era el viento, y bien que sopla este donde quiere, que en un abrir y cerrar de ojos , atónito yo en mis propias elucubraciones, sin reparar en lo que acaecía alrededor mío, alcancé a presenciar el como eran devueltos a su sitio, de un modo tan perturbador que me caló hasta la médula. Salían hasta de debajo de las piedras, y pude garantizar que iban de caza: y yo era su presa. Los veía a ras del suelo; y ellos a mí por encima del hombro, como unos monteros, que armados con escopetas, vislumbraban una buena pieza que pudiese exhibirse como un merecido trofeo.
Estaban ahí. Sus rostros estaban cubiertos por grandes capirotes amarillos; y de cadera para abajo, por largas túnicas escarlata, ceñidas en un cíngulo de hierro. En unos segundos, una decena de ellos me rodeó en un aquelarre infernal.
Intenté escapar, empero cuando me volteé, sentí unos brazos rodearme, y arrimarme a la cara una gasa con un olor vinagroso, que penetrándome en las fosas nasales, me dejó semi-inconsciente.

Lo que ocurrió en el transcurso de las horas que prosiguieron, no consigo rememorarlo con exactitud ni profundidad de detalles, a causa de las lagunas mentales que trae consigo el estado de embriaguez. Únicamente puedo jurar y perjurar las coyunturas de los momentos cumbre de lo que bajo mi punto de vista era el rito de una maléfica secta.
Me condujeron ante un trono ornamentado con camafeos en los que habían inscritos extraños caracteres, similares a jeroglíficos. Postrado en él se erguía una criatura idéntica a un pulpo, pero de coloración parda, y de las dimensiones de un ser humano, quizás un poco mayor. Era el monstruo de mis pesadillas.
Me recostaron en una especie de altar, y el celebrante, que no era sino el monstruo antes descrito, entonó unas palabras ininteligibles como el pretexto de un canto de apertura, el canto de apertura de una orquesta de ultratumba. Su voz me atronaba, ronca y grave, e igualmente muy griposa.
Posteriormente, el bicho colmó un cáliz de un espumoso y burbujeante fluido gris, y sus lacayos cocinaron en una pira un amasijo de carne negra; ínterin otros tantos canturreaban plegarias en idiomas que me eran desconocidos, y que quizás eran las lenguas natías de los campos más inhóspitos de la Creación, a años luz de nuestra galaxia. 
Llegados a este punto, hay una discontinuidad, en mis recuerdos. No puedo rememorar a que destinaron la bebida y la magra.
Lo último que creo recordar era que ese pobre diablo me exploraba repetidas veces con sus tentáculos, rozando cada porción de mi cuerpo.

Me desperté, de repente y dolorido, en mi dormitorio de la mansión Porgerlart. Abrí los ojos. Al pie mío, se encontraba un médico. Deduje yo que lo era por el estetoscopio que le colgaba por entre los hombros. Me examinaba cuidadosamente, y acercó su rostro al mío, pero yo intenté zafarme en un brusco, y poco educado amago.
-Perdón si le he asustado, señor...- se disculpó con cortesía, sin saber mi nombre, ¿cómo habría entrado allí?
-Saulo. Saulo Segura- le respondí con un hilillo casi inaudito de voz.
- Sr. Segura, le encontraron desvanecido en la puerta de su casa, y me lo notificaron, por lo que fui a atenderle. Usted ha sufrido un desvanecimiento.
-Espero que no piense que soy un chismoso, pero, ¿quién se lo comunicó si la casa más próxima a mi mansión está, como mínimo, a una milla?
-Descuide. El cartero vino a su casa a entregarle un paquete y le encontró en esa condición.
-¿Quién ha hecho el envío?- pregunté intrigado-. No recuerdo haber pedido nada.
-Es un obsequio del pueblo de Lorkshire, señor Segura. Nosotros le tenemos en gran estima. Le contamos entre los nuestros.
Las dudas no hacían más que acrecentarse, ¿el incidente con la secta no había sido más que el desvarío de un mal sueño? Lo que viví, ¿había sido el fruto del desaliento?
-Si se puede saber, ¿dónde está ese presente? Ardo en deseos de ver de que se trata- mentí.
-Se lo hemos reservado en el sendero de ingreso a los vergeles que rodean la mansión, pero, por favor, no lo desenvuelva hasta que se marche de aquí.

Estas últimas palabras produjeron en mí un escalofrío, y entonces lo noté: la pestilente tufarada, y otra vez, el bolígrafo con la cinta roja en el bolsillo de la camisa de aquel médico. El arrendatario y el doctor no eran seres humanos: eran un mismo ladrón de cuerpos. Como acto reflejo y previsor, aparte mi pasmosa mirada de aquel ente, no fuera que se percatase de que le observaba boquiabierto y fijamente.
Respecto al obsequio, el pueblo, conchabado con la bestia, sabía de sobra que había optado por partir pronto. No había comentado a nadie estas glosas. El presente debía ser un macabro gesto de la secta que retorcía los sesos de los pueblerinos de Lorkshire, a sabiendas de que ellos aceptaban, harto diligentes, ese esaborío "lavado de cerebro". 
Hasta que me hallé a una distancia considerable de Porgerlart no me atreví a desdoblarlo. Lejos de mí errar con la observación que en estas líneas recién he mencionado, y que "a posteriori" puntualizaré.
-Tengo otros asuntos que también merecen mi atención, Saulo- me dijo el médico tuteándome-. Nos veremos dentro de poco. Le ruego que descanse, y que no se ausente de su residencia, excepto si es en caso de extrema necesidad. ¡Hasta pronto!- dijo a la par que tamborileaba sus dedos sobre la pared.

Cuando estuve seguro de que se había marchado, fatigado por la saturación emocional del día con más vicisitudes que había experimentado, me arrastré, como me lo permitía mi desgastado cuerpo, a hurtadillas por el dormitorio, alcanzado a duras penas el portón que delimitaba lo inmaculado del exterior con la fragosidad laberíntica de muros de los cuales no estaría a mi alcance hender. Me veía a mi mismo en la tesitura de alejarme de ese lugar hechizado cuanto antes; o sería sepultado tras tres metros de desnuda tierra, bacanal de lombrices. 
Aflojé el picaporte, pero, tal y como previamente yo había vaticinado, la puerta no cedió, estaba trabada desde fuera. Como alternativa postrema en la sucesión de un plan de escape, palpé mi bolsillo en busca de mi teléfono móvil, pero fue en vano: me lo habían robado. Tenía ante mí un atolladero.
De repente, una voz gangosa y estridente me llamó:
"¡Saulo! ¡Saulo! ¿Por qué te persigo?"- sonaba como si naciese en las profundidades de la tierra, ¡el sótano! -. Vamos, no seas tímido, acércate. ¡Quiero que seas el padre de mis hijos!"
Los latidos de mi corazón estuvieron a punto de frenarse en seco. Estaba en un mal sueño, solo era eso. De un momento a otro, despertaría, y mientras fuese a asearme, se me habría olvidado este mal sueño, y mi vida seguiría su curso...
-¡Saulo, ven al sótano! Te espero, amor mío.
La voz se había tornado femenina. Se notaba a media lengua que era impostada. A continuación, comenzó a parlotear con excesiva lentitud:
-En mi planeta, quien hace esperar mucho a su pareja, le cortan los testículos, ¿a que no lo sabías, Saulo?
Mientras me dirigía, en primera línea, al ser más abigarrado que mis ojos, ahora indiferentes ante la locura, hubieran podido contemplar; el techo de la mansión y las paredes aterciopeladas parecieron dar vueltas y vueltas, sin detenerse siquiera un ápice; hasta el punto de no saber si estaba en un carrusel o en la dichosa mansión.
Avancé de tal manera, que si alguien me hubiese echado un vistazo en ese estado, hubiera asegurado que estaba yo alcoholizado, ya cercano a derrumbarse tanto mi mente como mi cuerpo; pues me tambaleaba sin cesar, trastabillando a cada paso que daba.
Por fin llegué al pasador de la puerta del sótano. Era la única salida del Inframundo: ponerme bajo el regazo de las alas de la Muerte. Quise haberme confesado días antes de ir a parar al otro lado del charco, pero las prisas tomaron la delantera. Ahora solo me quedaba abandonarme a  misericordia de Dios. 

En cuanto pisé el primer peldaño, vacilé y me desplomé, quedando a merced de la tenebrosidad atávica y abismal en la que se hallaban envueltas aquellas subterráneas profundidades. Justo antes de perder el conocimiento, dilucidé ver dos pieles o pellejos colgados sobre la baranda de la escalerilla, a modo de disfraces, que por lo que deduje, la bestia se había embutido en ellos para engañar a los incautos.
Era el del Señor Winston, y el del médico que me había atendido hace unos minutos. Con palabras soeces, maldije mi suerte.

La disoniria subsecuente fue la más traumática, desoladora, y asquerosa. La misma bestia, que me había manoseado en el culto de la secta de Lorkshire, me atenazó y vomitó todas sus entrañas en mi boca en una especie de rito primigenio y arcano. Era la más deplorable de las experiencias que podía experimentar un viviente.
Ni la muerte de mi padre en un accidente automovilístico podía compararse tan solo un átomo a esta mutilación cerebral, que consiguió, con la misma facilidad con la que el viento arrastra una brizna de hierba, dejarme en un estado de total catatonia; el cual todavía aún hoy perdura en mi persona, empero todavía me quedan fuerzas para compartir con vosotros la experiencia vivida, aunque sea mediante el refinado papel impreso.

Prontamente, gracias a Dios, me desperté; aunque entre espumarajos, y con el agrio y hediondo sabor de la hiel que la Bestia me había inoculado. Salí, sin dilación, del palacete, cuya puerta ahora estaba abierta de par en par. Busqué las llaves del coche; lo arranqué; y desaparecí, perturbado y sin habla, de Lorkshire.
Ajustando el retrovisor, me cercioré de que el paquete que había mentado el doctor se hallaba en los compartimentos traseros del vehículo. ¿Qué es lo que habría dentro?
El paquete era de grandes proporciones, y había sido colocado en el espacio entre el asiento izquierdo delantero y el trasero, de modo que lograse coger dentro; pues de lo contrarío, el único donde cupiese hubiese sido el maletero. Me picaba una irrefrenable curiosidad morbosa por saber lo que contenía, como un hormigueo que ascendía y descendía por mis miembros, pero no podía detener el automóvil, allí, en mitad de la autovía. En consecuencia, reprimí tal deseo.
Reprimí tal deseo, hasta que comencé a oír golpes que se originaban dentro del presente. Los nervios terminaron por apoderarse de mí, y me vi forzado a frenar en seco.
Me apeé, y abriendo las puertas traseras, deslié las cintas rojas, y entre los cubos de porexpán que rellenaban el embalaje de la caja; para mi sorpresa, me topé con un escalofriante artilugio, que aparentaba ser un híbrido entre un vehículo "caddy", y un patín eléctrico.
Traía consigo una etiqueta, garabateada en letras cuya caligrafía se asemejaba mucho a la que emplean los médicos, más críptica si cabe. "Para mi futuro hijo, Adralaus, exportado de las jugueterías armamentísticas más sofisticadas de la galaxia. Viene ya programado, Saulo".
Mi nombre de pila venía escrito con un color rojo viscoso. Atendiendo al transcurso de los acontecimientos de las últimas horas, no sería de extrañar que fuese sangre.
Tragué saliva y me sobrevino un ataque de temblores, y tan espontáneas eran las convulsiones que no pude fijar mi atención en ningún pensamiento que en mi estado de convalecencia de la citada desdicha, intentaba socavar aún más mi psique. Había rozado el punto álgido de la enajenación mental.

Tan absorto estaba que no reparé en que un conductor encolerizado que se había detenido en la cuneta, me estaba chillando a causa de que mi vehículo le obstruía el paso:
-¿Eres imbécil o qué? ¡Pon en marcha tu jodida tartana!
Pero yo no podía emitir un solo sonido, dado que todavía estaba en "shock".
El piloto estaba a punto de estampar su puño contra mi cara, cuando un resplandor luminoso sacudió la escena, con la misma velocidad cegadora que un rayo. Duró apenas unos segundos, pero fueron suficientes para dejarnos, a cada uno de los que presenciábamos la escena, deslumbrados durante unos minutos.
Cuando el "flash" se disipó, observé, sin dar crédito a lo que veía, que el tipo con el que había tenido la trifulca había sido desintegrado. Los únicos restos que quedaban de él eran una gruesa ceniza carbonizada, dispersa por el asfalto.

La máquina que me había regalado la secta de Lorkshire había salido sola, sin encenderla siquiera, del interior de mi automóvil; y tras la singular y chocante muerte del automovilista, comunicó, con una voz robótica y desidiosa:
"Amenaza neutralizada".
En tanto que la gente se agolpaba en frente de sus granulados restos; yo, sollozando, me monté en el coche, encendí el motor, y hui de la autopista como alma que lleva el diablo, hacia ninguna parte. Me sentí un apátrida, un prófugo.
Por un segundo, pensé que el aparatejo había sido rezagado en la escena del crimen, porque no estaba ya en los asientos traseros; pero cuando alcé mi vista hacia la prodigiosa puesta de sol en el horizonte, que siempre me tranquilizaba en mis difíciles contiendas, allí lo vi, revoloteando con las aspas de su hélice a innumerables revoluciones sobre la autovía.
Se asemejaba a esos insectos gigantescos que vivían hace eones en la Tierra, y que tanto había estudiado en las Clases de Arqueología de la Universidad.

Fui a parar a un pequeño caserío. Me alojé en un hostal, y allí dejé mi equipaje, meditando que pasos habría de dar en mi mísera biografía a partir de ahora; mientras me acompañaba, silencioso, el enigmático cachivache.
Allí ocurrió el irremediable horror de los horrores, y que ya venía sospechando horas antes.
Descubrí, mientras mudaba mi ropa, un bulto en mi barriga, como el de una embarazada, pero oblongo y de manchas parduzcas en la superficie de la piel, acompañado de continúas nauseas y vértigos en mi organismo.

Cuando ya estuve seguro de que la policía no me tenía en "busca y captura" por aquel percance en la carretera de Nueva Inglaterra, acudí a un hospital estadounidense (me resultaba impensable volver a tierra española en avión, con aquel artificio que parecía provenir del futuro), y realizándome pruebas, me diagnosticaron un teratoma.
Lo que ellos consideraban un tumor tenía brazos; piernas; una cabeza con nariz, ojos, y boca ; y estaba desarrollando unos apéndices por la entrepierna, por lo que no puede llegar a otra conclusión que eran sino tentáculos.
El médico me mencionó que era el teratoma que más órganos y miembros había desarrollado en toda la historia de la medicina. Cito sus palabras textuales: "Sumamente increíble".
Pasé los días recientes sumido en la más absoluta pena. Había perdido la poca fe que me quedaba; y si antes eran ruinas lo que había quedado; ya todo había sido sepultado en una tormenta de arena, que las destinaría al olvido y a la perdición.
No tenía apetito; ni ansia de rezar; ni de levantarme de mi lecho. 
Solo sollozaba y sollozaba hasta sentir sequedad en la garganta; y por si todavía quedaba alguna duda sobre si estaba deshecho hasta el hartazgo de la pesadumbre que horadaba mi desgastado corazón, se añadía, como veneno a una carne de rata, el hecho de no poder articular ni una palabra, y tener que comunicarme por señas o por escrito con el resto de la pútrida humanidad.

Un día anormal, pude apaciguarme y permanecer en un etéreo oasis, aunque solo fuese una quimera; pues ese día yo pude aceptar, sumiso y discreto, lo que en un futuro no muy lejano iba a suceder.
Guardaba en mis entrañas lo último que se pierde, la esperanza; pero ese día, por la noche se perdió, y ya sin miramientos, y como ya he dicho, acaté la predicción que la señora Muerte había pronosticado sobre mi porvenir; cuando, leyendo un libro sobre antropología e historia de América, me detuve a analizar, con credulidad, las siguientes líneas:

"A raíz de las recientes investigaciones arqueológicas en Nueva Inglaterra efectuadas en 1984, y dirigidas por el doctor Robert Barker; se formuló entre los eruditos la hipótesis un tanto disparatada, de que los pueblos aborígenes de la zona de Lorkshire y alrededores, realizaban, movidos por sus creencias mitológicas, un extraño rito a una Divinidad con forma de molusco que ellos denominan Arybedec; el cual incuestionablemente, como el resto de los cultos politeístas, su culto se caracterizaba por rasgos esotéricos, y cualquier esfuerzo por ultimarlo sería en balde, a causa de su descabellada entelequia.

El rito consistía en atraer a alguien ajeno a ellos, es decir, de otra tribu, a los terrenos de la suya y aprovecharlo como receptáculo para el nacimiento del hijo de su terrible deidad.
Mientras el desgraciado dormía, Arybedec le toqueteaba con sus tentáculos, como la "toma de contacto" de una especie de rito de cortejo.
Lo más probable es que empleasen algún tipo de planta psicotrópica para visionar estas alucinaciones, pero hasta ahora no se han encontrado restos de la susodicha por las inmediaciones.

La segunda ocasión que el individuo dormía, la tribu, por vez primera, tomaba parte en el acto; y con deprecaciones, lo acomodaban en un altar, y era entonces cuando el molusco lo acallaba con sus protuberancias, arrollándolo con su oleoso cuerpo.

En la tercera y última parte de la ceremonia, el sujeto debía de estar solo de nuevo. La Divinidad inyectaba sus fluidos vía oral al próximo depósito de sus retoños, a fin de dejarlo embarazado o embarazada; pues cabe añadir que este pueblo aborigen no hacía distinción de género entre los que habrían de parir a esa clase de descendencia.

Es reveladora la manera en que estas investigaciones nos ayudan a entender las costumbres de antiquísimos pueblos, que hasta el día de hoy permanecían ocultas bajo el velo de toneladas de tierra. También es escalofriante, si lo miramos desde el ángulo de la superstición el que este rito pudiera concebirse como una realidad.

Entre los conspiranoicos y los seguidores de determinadas pseudociencias, y nos referimos casi exclusivamente a la parapsicología y la ufología, se ha suscitado la posibilidad de que este dios no es sino un extraterrestre; que los pueblos indígenas veneraron y reverenciaron como un ser superior, atendiendo también a la llamada teoría de los alienígenas ancestrales.
Pero como dos y dos son cuatro, esta opinión no puede ser relevante en los campos de la auténtica ciencia, pues está fundada en la especulación, y no en pruebas concluyentes ni científicas".

Cerré el libro. No tenía nada más que añadir. No padecía nada a estas alturas; no porque no me asustase, sino porque había llegado al remate de la turbación de mi espíritu, habituándome a estas alturas a la naturaleza de esa condición. Había también entrado en un estado de ataraxia en el cual subsisto hasta el día de hoy.
Pienso que quizás las circunstancias de este trauma hayan transportado mis sentidos a un completo anonadamiento.
Ahora solo me queda aguardar el momento propicio en el que presenciaré la Natividad de un hijo que no es un Dios, sino una criatura que proviene de más allá de las estrellas.
Supongo que si me intentase suicidar, el artilugio que tengo por amargo compañero lo impediría inexorablemente. Creo que ha sido diseñado para proteger al recipiente y a la progenie.

Tengo la fortuna para la ciencia, y la calamidad para todo ser humano; de ser el primer hombre embarazado del que se tenga constancia en toda la Historia.


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