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La Sangre del Cordero (relato de terror religioso)

 (1) Vi en la mano derecha del que está sentado en el trono un libro escrito por dentro y por fuera, y sellado con siete sellos. (2) Y vi a un ángel poderoso, que pregonaba en alta voz: «¿Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos?». (3) Y nadie, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra, podía abrir el libro ni mirarlo. (4) Yo lloraba mucho, porque no se había encontrado a nadie digno de abrir el libro y de mirarlo. (5) Pero uno de los ancianos me dijo: «Deja de llorar; pues ha vencido el león de la tribu de Judá, el retoño de David, y es capaz de abrir el libro y sus siete sellos». (6) Y vi en medio del trono y de los cuatro vivientes, y en medio de los ancianos, a un Cordero de pie, como degollado; tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete espíritus de Dios enviados a toda la tierra.

Apocalipsis 5, 1-6

Me resulta aún inefable el admitir la adversidad de mi tragedia; y el porqué de los disparatados hechos que precedieron a que fuera ingresado, contra mi voluntad, en un instituto mental, más conocido como loquero, hablando mal y pronto.
Ahora poseo la suficiente sensatez para determinar que la avaricia rompe el saco; y el abusar de la fortuna y de la suerte que uno pueda tener, conduce al fracaso; puesto que, aludiendo a la ley gravitacional, cuanto más asciende un cuerpo más fuerte será el impacto en su descenso, barajando la más probable posibilidad de que fuese derribado.

Así ocurrió con mi notable y exitosa carrera de criminal; y siendo sincero, y dejándoos saber que no quiero darme aires de grandeza ni alardear de un oficio que jamás será motivo de orgullo; he de admitir que no era más que un vulgar ladrón, un ratero de tres al cuarto, un hombre perdido en asuntos fútiles con los cuales ansiaba obtener jugosas ganancias.

Mi gran golpe, aquella noche, estribaba en asaltar y robar las Especies contenidas en el sagrario de una iglesia. En el mercado negro se comercializaban a precios nada execrables, y en teoría, eso me sería tan sencillo como arrebatarle un caramelo a un niño.
Era, en definitiva, un negocio redondo y muy factible para amasar billetes.
Así que me apresté a perpetrar la fechoría, para después, hacer la sutil transacción.
Equipado con un mazo, destrocé las acrisoladas vidrieras de la ermita donde habría de robar, para abordar la mentada ruindad.

El templo se hallaba en tinieblas; y solo los rayos de la nocturna lumbrera lo iluminaban, filtrándose por el claristorio al crucero, y el transepto. Quise verificar el que no había un alma por aquellos lares, así que inspeccioné la sacristía.
Todo estaba solitario. No osé investigar más allá, por las aulas de catequesis contiguas, ya que se hallaban todavía más apagadas que la propia iglesia; y porque eran las más adyacentes al pequeño piso donde, a estas horas, debía estar dormitando el sacerdote, sin sospechar que un buscón como yo le estaba haciendo semejante treta; pero también porque me aseguré a mí mismo que de aquellos habitáculos no se desprendía ningún tipo de iluminación. Despejado. No había moros en la costa.

Con las pruebas fehacientes de que nadie me estaba echando una ojeada ni vigilando en la oscuridad, como una atalaya, mis pasos; regresé a la capilla, atravesando el coro, hasta poner mis pies delante del santuario.
Allí estaba mi objetivo, los presuntos Cuerpo y Sangre de Dios en persona. "¿De veras alguien, a estas alturas, creía en esa trola?", pensé para mis adentros.
En cambio, mis clientes sí, y por eso precisamente las querían, para consumar inimaginables barbaridades sobre ellas, pero yo antañazo había dejado de creer en irreales mitos y dogmas. Exclusivamente yo interpretaba el papel del que desembalsama en una profanación; y mientras me lo gratificaran, no delimitaría cuan absurdos fueran sus requerimientos.

Mientras me hallaba suspenso en estos quebraderos, creí escuchar, al pie mío, unos latidos de corazón provenientes del cofre. Me aproximé más al arca, y los percibí más sonoros.
Cuando destapé la portezuela del edículo, barrunté que la cabeza me iba a estallar, a causa de las endiabladas pulsaciones en el ambiente. Deseaba que se detuviesen cuanto antes, empero veía ineludible finiquitar la perversa obra que había inaugurado con mis propias manos, a la mayor brevedad.

Le eché el guante al copón con un ademán de satisfacción malévola. Estaba ardiendo. Tuve que desprenderme de él, dejándolo caer con un crujido seco. Por suerte aterrizó sobre la alfombra del tabernáculo, y el golpe se amortiguó.
Aunque era una obviedad que no era así; era como si hubieran cocido el copón en un horno ardiendo al rojo vivo, y lo hubieran reinstalado, rusiente, en la hornacina del retablo; descontando que fuese inamovible en el caso de que un ladrón de poca monta como yo, se atreviese a profanarlo y desdorarlo.
Tras unos segundos de expectación que se me hicieron eternos, lo palpé una vez más, cuidadosamente, para constatar que se había refrigerado. Hogaño se notaba más tibio, y era ya un eco lejano el riesgo de desgarrarme los dedos, pero, por si las moscas, lo retomé con mis guantes de montaña.

En calidad de un rayo atronador en una pacífica noche de calma, así fue el estruendoso sonido que violó y deshonró el omnímodo silencio que reinaba. Me trastorno enteramente, y me abandoné a un calvario de temblores.
Era el balido de un cordero que había irrumpido, con sus mórbidos quejidos, en escena. Me miraba con ojos lastimosos, desde el atrio de la iglesia. Inspiraba amargura, y al mismo tiempo, era sumamente escalofriante.
¿Cómo había entrado a la ermita? ¿Estaba ya dentro cuando entré y no me había percatado de ello?
Los interrogantes se sucedían, uno tras otro, mas dictamine el no darles más coba, aún cuando esto último pareciese laborioso y extinguiese mi brío.
Inseré el copón en los bolsillos solapados y ribeteados de mi holgado chaquetón, y me deslicé por entre los cristales rotos de la vidriera, apoyando mi pie en las banquetas y saltando al exterior.

Caí en plancha por el rudo, y despiadado con mis rodillas, asfalto. Me puse en pie con mucho esfuerzo, y me deshice durante unos minutos del pasamontañas. Quería respirar, nuevamente, la lozanía de la brisa estival.
Luego de que mi rostro permaneciese tanto rato recluido en esa celda de lana, me consideraba merecedor de un tris de alivio. Me sentó de maravilla; era un desahogo; una ducha fría para mi ahora transida figura.
Acto seguido de esos instantes de descanso, me recompuse, y ya estaba listo para continuar con mi "magnum opus".

Eché una ojeada a mi alrededor y mi sorpresa fue mayúscula, y el corazón me dio un vuelco, cuando, en plena calle, me topé otra vez con ese ser en la fachada de la parroquia.
No gozaba ni un segundo de respiro. Esa noche había algo que trocaba mis desvergonzados planes en siniestros augurios.
Era harta paranoia y monomanía por hoy. Vi idóneo rematar la faena, y librarme de tan tormentoso obstáculo; con lo cual saqué mi navaja de la hebilla de mis pantalones, y procuré apuñalar a la pobre bestia, sin embargo, para mi sorpresa no dio resultado. Y es que el arma blanca había atravesado su piel, semejante a lo que sucedería con un espectro o aparición. No logré vulnerarlo ni con un rasguño.
El cordero baló como una cantaleta, en señal de no haber coronado yo mis designios. Se trataba de una aparición que no me dejaba ni a sol ni a sombra. No había tregua bajo ningún concepto. Pretendí orientar mi mirada en sentido contrario. Me sentía incapacitado para seguir contemplando aquel esperpento; aquella quimera; que con toda certeza, acabaría por soliviantar mis nervios.

Con las Sagradas Formas ya en mi posesión, mientras todavía estaba en el frontispicio de la iglesia con las calles, aún en penumbra; tomé mi teléfono e hice una llamada a Ferdinand, el joven del culto satánico al que había concertado vendérselas. No descolgó el auricular. Sin respuesta.
El plan era ese: después de emprender el sacrilegio, vendría una breve charla para fijar una zona donde suplirle, y este intercambio tenía que ser precedente al albor.
Ferdinand estaría ingrido en el celular, pues enseguida entraríamos en contacto para acoplarnos al plan que habíamos esbozado.
Pero nada. Nada de eso. Después de unas cuantas llamadas perdidas, desistí en seguir con lo mismo. ¿Qué me correspondía hacer a mí en esa inoportuna sazón?

De súbito, a unas manzanas de donde yo me ubicaba, circuló una ambulancia, a pleno rendimiento, emitiendo su idiosincrásico sonido de sirena.
Me temí lo peor, si bien no tuviese fundamento alguno para pensar que le había sucedido algún percance al chaval; sentí la corazonada; tuve el presentimiento de que había fallecido en un accidente, tal vez doméstico. Era más o menos, como una señal del destino; o de Dios, en vista de que existiese y pudiese hacer sucumbir a la chusma como yo bajo el peso de la categórica justicia divina.
En mi vida adolecí de tanto pánico.

El paramédico estacionó a unos doscientos metros de la iglesia. Supuse que allí había devenido el revés, o lo que quiera que hubiese sucedido.

Con curiosidad, y con una insignificancia de disimulo, camuflándome tras las esquinas, llegué para huronear el lugar del incidente.
Observé que unos operarios descendían en una camilla a un cuerpo humano totalmente calcinado; mientras una mujer, de aspecto casi senil, sollozaba y gimoteaba con abatimiento:
"¡Ay, mi Fer! ¡Ay! Te dije... Te lo dije... Que no estuvieses con malas compañías, que no hicieses perrerías. ¡Ay, mi Fer! ¡Misericordia, Señor! ¡Misericordia!" 
Los sanitarios que se habían apeado de la ambulancia cuchicheaban entre sí. Comprendí que un rayo le había fulminado, pero no pondría la mano en el fuego, ni yo, ni probablemente ellos tampoco.

Con el corazón triturado, pateé las calles, lamentándome a lágrima viva. ¡Ferdinand estaba muerto! Era inconcebible. Me asaltó un acentuado y virtuoso temor de Dios en mi corazón. Estimé, en este arrebato de contrición, devolver las Especies al tabernáculo, pero aunque remendase el daño, ya me había excomulgado "latae sententiae".

Retrocedí sobre mis pasos, otra vez, hasta la ermita. Mi denuedo fue revocado, cuando, estupefacto; presencié que había sido acotado y vetado con un cordón policial; y cercado por agentes de la ley, que salían y entraban continuamente, tomando notas y muestras sobre la fatalidad; e interpelando a los testigos.
No conocía otro método para salir de esta encrucijada que entregarme. Lo último que yo quería era pasar el resto de mi vida encubriéndome, pero no me atrevía, no podía alzar la voz como si nada, y confesar mis crímenes. ¿Y el estigma social? ¿Cómo podría marchitarme y pudrirme años y años en la cárcel? Lógicamente, sería para mi una experiencia y tortura insufrible.

Me hallaba tan obcecado en estos dilemas cruciales, que ya me había olvidado de la fantasmal figura del cordero que me había estado pisando los talones toda la noche.
Y entonces, escuché su balido. El balido. La sangre se me heló. Me volteé, y ese fue mi acabose. El pobre animal había sido decapitado. Pero se seguía moviendo, vivito y coleando, en medio de un charco de reluciente sangre, que me hizo plantearme la veracidad de que esta brillaba débilmente "per se" fluorescente.
Antes de que pudiese gritar, sentí mi abrigo regado de un fluido glutinoso que discurría desde el copón que previamente había saqueado. Inmediatamente, este se inflamó en fogosas llamas, que, como si se tratase de un milagro, no terminaron por incinerarlo.
Me desprendí, con un enérgico e iracundo tirón, de la chamarra, que ya había comenzado a incendiarse.
El copón dio en tierra boca abajo, pudiendo advertir que ya no había hostia ninguno, sino sangre fresca, que lo abarrotaba hasta al punto de colmarse.
Este era el súmmum de mi tragedia. No podía soportar más; ni mis remordimientos; ni el balido del cordero. Ya no tenía nada que perder.

"¡Fui yo! ¡Fui yo! ¡Deténganme! ¡Yo soy el vulgar ladrón!", chillé, sacando fuerzas de flaqueza en mi sofocante tragedia.

Los policías se aproximaron a mi ubicación, y tras acusarme a mí mismo y explicarles, con pelos y señales, mi crimen; me aprehendieron con las esposas, y en un furgón policial, me trasladaron al cuartel.
Allí, me encarcelaron en prisión preventiva a la espera de un juicio.

A los cuatro días, compadecí ante la clarividente justicia. No solo la Fiscalía me acusó de profanación y robo, sino de algo peor: el asesinato de Ferdinand, al que presumiblemente yo había dado matarile luego de una discusión sobre el precio al que le iba a vender las Sagradas Especies. Argumentaban que yo lo había quemado vivo, pues mi abrigo estaba calcinado, y rebosante de sangre.
La madre de Ferdinand declaró que yo podría haber consumado un "covent" satánico, y que por eso el copón estaba lleno de sangre, la sangre de su Amado Hijo.
Aquella noche dijo haber escuchado el sonido de un cencerro, como el de un cordero, en las inmediaciones, luego de acontecer el infortunio.
La fiscal dictaminó ostensiblemente que en verdad podría ser la campana de la Iglesia que según parecía, yo había repiqueteado para iniciar el blasfemo rito dentro de terreno sagrado, como acostumbraban a hacer las sectas satánicas en sus misas negras.
La progenitora aseguró que su hijo compartía toneladas de conocimiento sobre el ocultismo a cualquiera con el que tuviera tan solo un mínimo de confianza, y en ese plano estaba el que suscribe.

Es en esta parte de la historia cuando intenté defender mi postura, y exculparme de todas las falaces acusaciones que habían recaído sobre mi persona: expliqué que la sangre era de un cordero degollado, que el cencerro le concernía a este último, y que las obleas de la Eucaristía se habían transformado, como por arte de magia, en sangre fresca.
No solo defendía la verdad que había jurado, como hombre de honor - aunque facineroso-, sino que por otra parte, era el mejor de los procedimientos para probar que era un demente y soslayar la cárcel. Mataba dos pájaros de un tiro.
Sentía una profunda consternación ante lo alunado que sonaba mi discurso; pero era real, ¡los hechos habían sido veraces y reales!, aunque no se pudieran valuar, ni de lejos, así.
Me resultan inenarrables e indecibles. La rabia y la impotencia me taladraron, cuando fui condenado a ingresar en un psiquiátrico.

Pasé largo tiempo sin comer, compungido, y rezando para que la Muerte me rescatase cuanto antes de mi mísera existencia. No soportaba la vergüenza de haber sido inculpado de algo de lo que era virgen. Constituía una carga grávida.
Y aquí estoy ahora, mientras termino de pulir este relato, en mi celda; vislumbrando un rayo de esperanza, a la espera de que retorne el capellán, constituido por el Papa como Misionero de la Misericordia, para que pueda perdonarme el sacrilegio que cometí; e incluso, comprender los hechos sobrenaturales que en torno a mi biografía se produjeron. Él es el más indicado, y con diferencia.
Solo cuando lea esta crónica, y me absuelva de mis faltas; obtendré la paz, y mi conciencia descansará sosegada. ¡Viva el Santísimo Sacramento del Altar!

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